En mi juventud tuve la oportunidad de participar en diversos programas radiofónicos del Grupo IMER (Instituto Mexicano de la Radio). Mientras tanto, crecí entre tratamientos oftalmológicos; los médicos aseguraban que seguiría viendo igual, pero en mi corazón presentía la llegada de la ceguera.
A los diez años, en un proceso de apenas cuatro meses, mi campo visual se fue reduciendo hasta perder la vista por completo a causa del glaucoma, la presión alta en los ojos.
No, me desesperé; puse mi situación en manos de Dios. Sin miedo, confié en que, si Él decidía quitarme la vista física, me daría una visión espiritual más profunda.
Acepté esta limitación con paz, aferrándome a sus promesas y reconociendo que Dios tiene planes bien definidos.
Sé que Él tiene poder para sanarme y que lo hará en su tiempo, no en el mío. Tengo la esperanza de que algún día recuperaré la vista: si es aquí en la tierra me gozaré, y si es en el cielo, lo primero que veré será el rostro de mi Señor Jesucristo.
Dios me sostuvo desde el inicio. La primera muestra fue mi silencio ante la situación: pasó un año y medio antes de que otros se percataran de mi ceguera. Cuando lo hicieron, comenzó mi rehabilitación.
Aprendí el sistema braille y a utilizar el bastón blanco, pero continué estudiando en escuelas regulares. Así, mi vida siguió siendo prácticamente normal en la escuela, en la radio y en la congregación.

















